El otro día cogí a la pequeñaja. La quería poner arrimada a mi y con la cabeza en el hombro, para que eruptara mientras le daba golpecitos en la espalda. Pero ella, dormilona, se bajo para abajo y se acurrucó en mi pecho, boca abajo. Notaba su respiración en mi cuello. ¡Estaba tan agusto! Me dieron ganas de abrazarla fuerte,fuerte, y no dejar que nunca se desprendiera de mí. Esa respiración, ese cuerpo tan diminuto y vulnerable, me emocionaron.
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